Como una bola de pelo
sentada en un sillón,
que maulla aclamando
de su amo la atención.
Y mientras camina bajo la lluvia
con la franela helándose en el interior
y las costuras quemadas
de las comisuras de sus labios
suplicando reacción.
Mirada agachada
botella en mano
con una carta de socorro
y vapores de alcohol,
no es su mirada de maniáco
ni sus ojeras delatadoras
de las cuales se estremecen
lágrimas de licor.
Son esos sus llantos
y sus nudillos ensangrentados,
los abrazos a esas personas
que solo viven en su interior.
Los reclamos rechazados,
los gritos olvidados
hacen eco en un valle
en el que no habita nadie más.
Y mientras no exista persona
que termine ese mal vicio
de inyectarse las pupilas
en litros de alquitrán,
no podrá volver a andar
caminando entre la lluvia
cantando siluetas,
de sátiros con metralletas
y rifles oxidados
que ya no dispararán.
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