el rubiales escribiendo

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viernes, 21 de octubre de 2011

Dicen que hace muchos años..

Era un hombre como otro cualquiera, un hombre común, un hombre autóctono, rondaría los treinta y muchos. Era un padre de familia, felizmente casado, con trabajo, dos hijos y una rutina monótona, podría decirse que su vida se representaba con una linea recta. Digamos que no es de la clase de personas a las que les pasan sucesos extraños, su vida tenía sentido pero no lo tenía por otro lado. Vivía por vivir, pero tampoco se paró a pensar en ello, no era infeliz pero no se sentía lleno. Era un sujeto corriente y ordinario.
El suceso aconteció un miércoles por la tarde, un miércoles, un día completamente normal, la mitad de la semana... temperatura normal, serían las ocho de la tarde.
Nuestro sujeto volvía de trabajar en coche, estaba algo cansado, los humildes deseos de este hombre en ese momento tan solo consistían en llegar a su casa, con su familia cenar e irse a dormir para al día siguiente continuar con el ciclo semanal, tal vez alguna excursión al campo o una cena con otro matrimonio alteraría el fin de semana, pero nada fuera de lo común.
El pobre no se imaginaba el porvenir, tal vez si se hubiera hecho la más mínima idea habría dirigido su auto al puerto de la ciudad y se habría arrojado al mar, dejando que este se ocupara de asegurarle un futuro mejor sin los problemas paranoicoesquizofrénicos que se le venían encima.
Mientras volvía del instituto en el que trabajaba, como profesor( que este año le habían ascendido a jefe de estudios) empezó a notar ciertas molestias, dolores de cabeza..
No le dió demasiada importancia, llevaba todo el día aguantando quejas de madres frustradas  por el bajo rendimiento académico de sus hijos, y, como era de esperar, buscaban echarle la culpa a los profesores. Era normal que, junto con el cansancio, y los sermones de mujeres premenopáusicas, le doliera algo la cabeza.
Más el dolor no cesaba, de hecho, ascendía. En las últimas manzanas que le quedaban por recorrer hasta llegar a su casa había varias farmacias, ultimamente habían cerrado muchos negocios y estas acudían como hongos. El hombre aparcó el coche y se dirigió a una farmacia que estaba a punto de cerrar, entró, compró ibuprofenos en pastillas y se fué.
Entró otra vez en el coche, y terminó de recorrer las manzanas que le quedaban para llegar a su casa. Aparcó el coche en su garaje y entró.
Los niños todavía no habían regresado de sus actividades extraescolares, la niña, que era su hija menor iba a cursos de chello y a clases avanzadas de matemáticas, tenia 8 años y era muy lista, nuestro hombre se sentía orgulloso de ella. Su hijo no era para lanzar cohetes, jugaba al futbol, era un niño activo como cualquiera a su edad pero tampoco tenía muchas aspiraciones. Y su mujer, oportunamente habría salido a hacer la compra a esa hora. El hombre se dirigió al cuarto de baño con los ibuprofenos, se situó delante del espejo del lavabo y se miró durante un instante al espejo. Todo estaba en orden, un día más viejo que ayer, ligeramente más ojeroso que el domingo y con más bello que la última vez que se afeitó, nada más. Cuando se disponía a lavarse la cara (ya que la expresión de cansancio que esta expresaba, deshonraba a su sangre descendiente de familia de currantes) vió restos de polvos de maquillaje en el lavabo. Eran recientes. Se lavó la cara. Luego vió que había un trozo de papel higiénico seco mal encestado en la papelera, tenía marcas de carmín. Podía sentirse orgulloso de una mujer que iba a hacer la compra tan bien arreglada..
El dolor de cabeza seguía aumentando, así que cogió la bolsa y el paquete de ibuprofenos, entonces, unas gotas de sudor frío empezaron a recorrerle la nuca, bajando por la espalda. Se le aceleró el pulso y sus ojos se inyectaron en sangre. Con los dedos índice y pulgar de su mano diestra sacaba suavemente la solapa de la caja, tiró de ella.. y...
Abrió la caja del ibuprofeno, ya no había marcha atrás, toda la rectitud de su rutina constante y confortablemente monótona se había puesto a hacer zig zags. El prospecto no estaba por el lado del que abrió la caja. Tampoco se habían olvidado de meterlo, simplemente estaba ahí, acurrucado debajo de las pastillas, por el otro lado. Era el hombre elegido del montón por el prospecto elegido de otro montón? eran casualidades? era alguna obra divina? Nunca lo sabremos. El hombre no pudo soportar tal presión. Se le había olvidado por completo el dolor de cabeza, cogió su coche y se fué, y nunca volvió, nunca se supo más de él, el hombre que abrió la caja de ibuprofenos y no le salió el prospecto.

2 comentarios:

Thegroucher dijo...

Jo xD no me gusta el final! podrias haberlo dejado abierto y continuar otro dia XD te amo , el resto me gusto mucho

Nanavelvet dijo...

no lo terminé asi porque tenia prisa, de hecho era la idea principal